H
lunes, 16 de julio de 2007
El gudari de Alsasua. Arturo Perez Reverte
Tengo delante un mural callejero en plan épico, al estilo de los del IRA: un aguerrido combatiente por la libertad y la independencia, remangado y viril, puño en alto y Kalashnikov en la otra mano, con las palabras Euskal herría dugu irabazteko –tenemos que ganar Euskalerría– pintadas al lado. Y qué bonito y alentador sería todo eso, me digo al echarle un vistazo, como ejemplo para jóvenes y demás, si la patria a la que se refiere el mural hubiera sido invadida por los ingleses en el siglo XII, y luego hubiese sufrido guerras de exterminio y represiones cruentas, con miles de deportados a las colonias –véanse las guías telefónicas de Estados Unidos y Australia–, y en 1916 hubiera vivido una insurrección general con combates callejeros y muchos fusilados, y luego independencia con amputación territorial, domingos sangrientos con soldados asesinando a manifestantes, y junto a las ratas pistoleras de coche bomba o tiro en la nuca y salir corriendo, que las hubo y no pocas, hubiese habido también, que nunca faltaron, cojones suficientes para asaltar a tiro limpio cuarteles y comisarías, jugándosela de verdad, mientras en las calles los niños se enfrentaban con piedras al Ejército británico. Etcétera.
Pero resulta que no. Que de Irlanda, nada. Que el mural al que me refiero está en una calle de Alsasua, Navarra, y que la patria a la que se refiere, integrada con el resto de los pueblos de España, partícipe y protagonista de su destino común desde los siglos XIII y XIV, goza hoy de un nivel de autonomía y autogobierno desconocido en ningún lugar de Europa, incluida la parte de Irlanda que aún es británica. O sea, que no es lo mismo; por mucho que se busquen paralelismos con lo que ni es ni nunca fue, y por mucho que ciertos cantamañanas que no tienen ni pajolera idea de las historias irlandesa y vasca sigan el juego idiota de la patria oprimida. Aquí, ahora, los oprimidos son otros. Por ejemplo, los dos pobres ecuatorianos de la T-4, oprimidos por toneladas de escombros. Y ahora, la pregunta del millón de mortadelos: si faltan cojones y fundamento histórico, si los heroicos gudaris del mural de Alsasua no son, aquí y ahora –basta ver sus fotos y leer su correspondencia cuando los trincan–, sino doscientos tiñalpas incultos y descerebrados, sin otra ideología que la violencia irracional al servicio de quimeras difusas e imposibles, ¿cómo es posible que esos fulanos, sin otra inquietud intelectual que averiguar cuáles son los polos positivo y negativo de las pilas que harán estallar la bomba o el lado de la pistola por donde sale la bala, hayan conseguido que toda España esté pendiente de ellos, que la política nacional sea tan crispada y sucia que hasta los emigrantes terminen dividiéndose, y que, como en los viejos tiempos, periodistas de Telemadrid sean atacados por ultrafachas y lectores con El País bajo el brazo se vean perseguidos al grito de rojos e hijos de la gran puta?
En mi opinión –que comparto conmigo mismo–, tanto disparate prueba que ETA no es el problema. Que en realidad es sólo un pretexto para que nuestra ruindad cainita, nuestra miserable naturaleza, se manifieste de nuevo. Ni siquiera la perversa imbecilidad de los partidos políticos, incluida la permanente mala fe de los nacionalistas, justifica la situación. ETA y sus consecuencias son sólo un indicio más de nuestra incapacidad para obrar con rectitud. Síntomas de la sucia España de toda la vida, enferma de sí misma; la del rencor y la envidia cobarde; la del por qué él y yo no; la que desprecia cuanto ignora y odia cuanto envidia; la que retorna pidiendo cerillas y haces de leña, exigiendo cunetas y paredones donde ajustar cuentas; la que sólo se calma cuando le meten dinero en el bolsillo o ve pasar el cadáver del vecino de quien codicia la casa, el coche, la mujer, la hacienda. Al observar el comedero de cerdos en que, con la complicidad ciudadana, nuestra infame clase política ha convertido treinta años de democracia bien establecida, se comprenden muchos momentos terribles de nuestra historia. ETA es sólo una variante analfabeta, una degeneración psicópata más. Sin ETA, con Franco o sin él, con Felipe V o el archiduque Carlos, sin los Reyes Católicos o con la madre que los parió, seguiríamos siendo gentuza que si no extermina al adversario es porque no puede; porque ahora está mal visto y queda feo en el telediario. Pero si retrocediéramos en el tiempo y nos dieran un Máuser, un despacho de Gobernación, una toga de juez en juicio sumarísimo, llenaríamos de nuevo los cementerios. El problema no es ETA. Ni siquiera nuestros miserables políticos lo son. El problema somos nosotros: la vieja, triste y ruin España.
Arturo Pérez Reverte. http://www.xlsemanal.com/ (publicado en febrero de 2007)
Eso esto es lo que yo pienso sobre el conflicto vasco. Punto por punto.
__________________
Pero resulta que no. Que de Irlanda, nada. Que el mural al que me refiero está en una calle de Alsasua, Navarra, y que la patria a la que se refiere, integrada con el resto de los pueblos de España, partícipe y protagonista de su destino común desde los siglos XIII y XIV, goza hoy de un nivel de autonomía y autogobierno desconocido en ningún lugar de Europa, incluida la parte de Irlanda que aún es británica. O sea, que no es lo mismo; por mucho que se busquen paralelismos con lo que ni es ni nunca fue, y por mucho que ciertos cantamañanas que no tienen ni pajolera idea de las historias irlandesa y vasca sigan el juego idiota de la patria oprimida. Aquí, ahora, los oprimidos son otros. Por ejemplo, los dos pobres ecuatorianos de la T-4, oprimidos por toneladas de escombros. Y ahora, la pregunta del millón de mortadelos: si faltan cojones y fundamento histórico, si los heroicos gudaris del mural de Alsasua no son, aquí y ahora –basta ver sus fotos y leer su correspondencia cuando los trincan–, sino doscientos tiñalpas incultos y descerebrados, sin otra ideología que la violencia irracional al servicio de quimeras difusas e imposibles, ¿cómo es posible que esos fulanos, sin otra inquietud intelectual que averiguar cuáles son los polos positivo y negativo de las pilas que harán estallar la bomba o el lado de la pistola por donde sale la bala, hayan conseguido que toda España esté pendiente de ellos, que la política nacional sea tan crispada y sucia que hasta los emigrantes terminen dividiéndose, y que, como en los viejos tiempos, periodistas de Telemadrid sean atacados por ultrafachas y lectores con El País bajo el brazo se vean perseguidos al grito de rojos e hijos de la gran puta?
En mi opinión –que comparto conmigo mismo–, tanto disparate prueba que ETA no es el problema. Que en realidad es sólo un pretexto para que nuestra ruindad cainita, nuestra miserable naturaleza, se manifieste de nuevo. Ni siquiera la perversa imbecilidad de los partidos políticos, incluida la permanente mala fe de los nacionalistas, justifica la situación. ETA y sus consecuencias son sólo un indicio más de nuestra incapacidad para obrar con rectitud. Síntomas de la sucia España de toda la vida, enferma de sí misma; la del rencor y la envidia cobarde; la del por qué él y yo no; la que desprecia cuanto ignora y odia cuanto envidia; la que retorna pidiendo cerillas y haces de leña, exigiendo cunetas y paredones donde ajustar cuentas; la que sólo se calma cuando le meten dinero en el bolsillo o ve pasar el cadáver del vecino de quien codicia la casa, el coche, la mujer, la hacienda. Al observar el comedero de cerdos en que, con la complicidad ciudadana, nuestra infame clase política ha convertido treinta años de democracia bien establecida, se comprenden muchos momentos terribles de nuestra historia. ETA es sólo una variante analfabeta, una degeneración psicópata más. Sin ETA, con Franco o sin él, con Felipe V o el archiduque Carlos, sin los Reyes Católicos o con la madre que los parió, seguiríamos siendo gentuza que si no extermina al adversario es porque no puede; porque ahora está mal visto y queda feo en el telediario. Pero si retrocediéramos en el tiempo y nos dieran un Máuser, un despacho de Gobernación, una toga de juez en juicio sumarísimo, llenaríamos de nuevo los cementerios. El problema no es ETA. Ni siquiera nuestros miserables políticos lo son. El problema somos nosotros: la vieja, triste y ruin España.
Arturo Pérez Reverte. http://www.xlsemanal.com/ (publicado en febrero de 2007)
Eso esto es lo que yo pienso sobre el conflicto vasco. Punto por punto.
__________________
sábado, 7 de julio de 2007
¿Las infidelidades se perdonan?
El Sport y el Mundo Deportivo recogieron en sus diarios del pasado 5 de julio el posible retorno de Andriy Shevchenko al Milan. Los periódicos catalanes explican que el ucraniano y el propio presidente pactaron hace dos meses las condiciones del regreso del segundo máximo goleador en la historia del club lombardo. Según los rotativos, Mourinho le habría abierto las puertas a Sheva y el Milán ya habría ofertado 25 millones por su ex jugador. Son rumores que han estado presentes durante toda la temporada, un año francamente decepcionante para el ucraniano. Ayer mismo, desde las páginas del Daily Mail, el representante del jugador, Sthepen Curnow, afirmaba que el jugador se quedará en el Chelsea. Desde Milanello, Sheva no oye más que cantos de amor. Desde el presidente, Silvio Berlusconi, que lo considera un “hijo adoptivo” pasando por varios jugadores(Kaká, Maldini y Gatusso, la estrella y los estandartes de la vieja guardia) hasta Ancelotti, que en principio dudaba, han mostrado su ilusión por la vuelta del goleador. Que la relación con Mourinho está tocada, también está bastante clara. Pero… ¿Y los aficionados? ¿Aquellos que le adoraban y a quienes rompió el corazón hace 14 meses? ¿Qué piensan ellos?
Según las encuestas realizadas por los periódicos italianos y los principales foros milanistas de la red, la hinchada rossonera está dividida. Hay quien está deseoso de que el hijo pródigo vuelva a casa y hay quien es incapaz de perdonar la “traición”. Hay algo que duele especialmente a los aficionados. Un beso. Si, un beso. El que dio Shevchenko al escudo del Chelsea en el primer partido que jugó con la zamarra azul y que supuso una puñalada en el corazón de San Siro. Él explico que no era más que un gesto simbólico de respeto a su nueva afición. A los aficionados milanistas les sonó igual que al marido cornudo aquello de “no es lo que parece, cariño”.
Según las encuestas realizadas por los periódicos italianos y los principales foros milanistas de la red, la hinchada rossonera está dividida. Hay quien está deseoso de que el hijo pródigo vuelva a casa y hay quien es incapaz de perdonar la “traición”. Hay algo que duele especialmente a los aficionados. Un beso. Si, un beso. El que dio Shevchenko al escudo del Chelsea en el primer partido que jugó con la zamarra azul y que supuso una puñalada en el corazón de San Siro. Él explico que no era más que un gesto simbólico de respeto a su nueva afición. A los aficionados milanistas les sonó igual que al marido cornudo aquello de “no es lo que parece, cariño”.
Pero si el regreso se hace efectivo, se olvidará a base de goles. Y las opiniones del aficionado cambiarán de dirección. Donde ahora hay reproches, habrá alabanzas. Donde ahora hay un traidor, habrá un ídolo. Ayer te odie pero hoy te quiero y mañana me pensaré que siento por ti. La extrema crueldad del fútbol hace que valgas tanto como tu último partido. Una crueldad que se convierte en bálsamo cuando te planteas regresar al lugar donde fuiste feliz.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)